Cuando suplicamos y suplicamos que nos quieran

Cuando suplicamos y suplicamos que nos quieran. Padres tóxicos

 

 

     Querer a alguien y no sentirnos correspondidos es muy duro. Y no hablo solamente de las relaciones de pareja, hablo sobre la relación madre-hija, padre-hijo. Es decir, nuestras dos relaciones primarias. Tenemos asumido que, por compartir código genético, por ser nuestros progenitores, por compartir lazos sanguíneos, es y será una relación amorosa y sana. Y esto desgraciadamente no siempre es así.

 

Nuestros padres vienen arrastrando patrones emocionales de sus padres, y sus padres de sus padres. De generación en generación. Así como tú también traes patrones de tus propios padres que seguramente no eres consciente. Asimilar y aceptar que compartimos formas de ser, maneras de enfocar la vida, sobre todo asimilar las características que no nos gustan, no es nada sencillo. Como dice el dicho: “vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro”.  Y esto es necesario hacerlo, si tú objetivo es crecer emocionalmente y construir relaciones sanas.

 

Cuando en la consulta hago la pregunta de: ¿A quién te pareces más, a tu padre o a tu madre? Me contestan cosas como: “A mi padre, pero yo no me enfado tanto” o “A mi madre, pero yo no soy tan fría”. Son muy pocas las personas que son conscientes de la “herencia emocional” que traen de sus progenitores. Esto tampoco quiere decir que sólo heredamos lo “malo” o “negativo”, por supuesto que no, también heredamos cosas muy buenas.

 

Ahora bien, es importantísimo ser consciente del tipo de relación que hemos construido con nuestros padres. Ya que, tener progenitores distantes, fríos y/o tiranos son la causa de heridas en lo profundo de nuestro ser, en la base, en la médula. Y esto nos va a predisponer siempre en la construcción de nuestras relaciones.

 

Los padres son los que nos enseñan desde muy pequeños a dar y recibir amor, a sentirnos dignos de ser amados. Si esto no es así, construiremos relaciones ambivalentes (amor-odio-amor-odio). Simbólicamente es ese niño pequeño que va a abrazar al padre y recibe una bofetada, el niño vuelve a abrazarlo y recibe nuevamente otra bofetada, pero el niño sigue allí, aferrado.  Y así crecemos. Suplicando cariño, suplicando amor. Los justificamos, nos decimos cosas como: “Es que su madre era muy fría” “Es que su padre le pegaba y no sabe ser cariñoso”. Y es verdad, pero esto no hace que duela menos. Y de mayores repetimos ésta dinámica. Elegimos parejas distantes emocionalmente, frías, y nos vemos repitiendo el mismo patrón de “suplica”. Tal vez sea nuestro intento inconsciente de “sanar” las relaciones anteriores.

 

Ahora bien, no tenemos la culpa, así nos han enseñado que es “ser amado”, con total ambivalencia. Pero te tengo una buena noticia, esto puedes sanarlo. Y no se trata de intentar cambiar a tu padre, o a tu madre, no, eso no podemos hacerlo, se trata de cambiar la forma en cómo te relacionas con ellos.

 

¿Y cómo conseguimos eso?

 

Lo puedes conseguir aprendiendo a dejar de esperar, si, tal cual, dejando de esperar que te llame si sabe que estás mala, dejando de esperar que sea cariñoso y te abrace, dejando de esperar demostraciones de afecto. Esto no significa que tiramos la toalla y rompemos la relación, por supuesto que no. Simplemente estamos eligiendo seguir en la relación, pero desde un sitio sano. Cuando dejamos de esperar, todo lo que la otra persona nos da se convierte en ganancia. Dejar de esperar significa entender y perdonar que tienen sus propias limitaciones emocionales, y que no es tu responsabilidad sanarlas ni cambiarlas. Tu responsabilidad es contigo misma. Y relacionarte con ellos desde otro sitio, desde otra manera es autocuidado, es amor a ti misma, y amor a ellos. Cuando dejamos de esperar, las tensiones se disipan, ya no estamos en modo batalla, el reproche desaparece de la punta de la lengua, empezamos a relacionarnos poco a poco desde la paz, desde el amor incondicional. Y este amor, es el único que puede sanar cualquier herida. Por lo tanto, inúndate de perdón, entiende que es la única manera que saben amar, entiende que crecieron en otra época, entiende su sufrimiento, pero también entiende y perdona el tuyo propio. Venga, ¡Que tú puedes!

 

¡Felices reencuentros!

Psicooncóloga

Luisa Pedrero

 

 

 

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