Cuando el paciente con cáncer necesita llorar

 

 

Al nacer, así como venimos con un par de piernas, ojos, pulmones, brazos, etcétera. También viene con nosotros un “pack” de emociones. Allí se encuentran la tristeza, la alegría, la ira, la sorpresa, el asco y el miedo. Éstas son nuestras emociones básicas, y de ellas se desprenden todas las demás.

 

Conforme vamos creciendo nos enseñan a mover las piernas correctamente, para poder caminar, a mover los brazos y manos para poder coger las cosas, y poco a poco nos vamos adueñando de nuestro cuerpo, la coordinación va mejorando.

Pero, ¿Y el pack de emociones? Esto nadie nos enseña.

 

Desgraciadamente venimos arrastrando patrones culturales donde lo que se transmite es evitar y/o ignorar lo que sentimos. Desde pequeños escuchamos cosas como: “No te enfades” “No llores” “No tienes porqué ponerte así”.

Así vamos creciendo y así nos va.

 

 Anulando, ocultando y evitando expresar nuestras emociones. Con la sensación de que hay algo malo en ellas, y que, si las dejamos salir, es porque somos débiles o no muy inteligentes.

 

La naturaleza no se equivoca, este pack de emociones tiene su razón de ser.

Todas y cada una de ellas nos ayudan a afrontar situaciones.

 

Por ejemplo, la tristeza, que normalmente la expresamos con el llanto, es la única emoción que nos lleva a la reflexión profunda, a mirar para adentro. Y, es sólo después de reflexionar que somos capaces de generar un cambio, una mejora en uno mismo, o al menos nos permitirá elaborar una estrategia para salir de la situación que nos está ahogando. Si nos niegan que usemos ésta capacidad, ¿Qué tipo de decisiones tomaremos, sino nos permiten que miremos para adentro?

 

La tristeza es necesaria para la vida, es un momento en que el cuerpo nos pide parar, estar solos, reflexionar, pensar. Y no pasa nada por dejarla estar un rato. Ahora bien, tampoco debemos dejar que se instale en nuestras vidas.

El cuento del Maestro y el discípulo lo deja muy claro:

 

El Maestro le preguntó al discípulo:

-¿Por qué no te acercas al borde del río?

-Porque tengo miedo de caerme al agua y ahogarme – respondió

-Nadie se ahoga por caer al agua. Lo que te ahoga es quedarte dentro- dijo el Maestro

 

No te vas a ahogar por dejar entrar la tristeza, te ahogará y te llevará a una depresión si permites que se instale en tu vida.

 

Y la pregunta del millón: ¿Cómo evitamos que la tristeza se instale en nuestra vida?

 

Pues muy fácil, aprendiendo la curva de la tristeza. Y aquí te la explico:

 

La tristeza se dispara siempre con un pensamiento, y este es el inicio de la curva ascendente. Este pensamiento generara cambios químicos en nuestro cuerpo (latido cardiaco aumenta, se humedecen los ojos, nudo en la garganta…) y así vamos subiendo poco a poco en la curva. Sabemos que el llanto se aproxima.

Es justo en este momento, cuando mucha gente detiene esta “activación” porque saben perfectamente que van a llorar y no desean hacerlo. Ya sea por miedo a dejarse llevar, o porque tienes la creencia que el llanto te debilitará, o porque igual te encuentras en un sitio rodeada de gente y no te apetece.

 

El problema es cuando siempre que empieza la “activación” la detienes, la paras.

 

¿Por qué es un problema? Pues porque estás interrumpiendo un proceso natural de relajación.

 

Detienes uno, detienes otro, y otro más. Nos da miedo dejarnos llevar. Nos da miedo llorar.

 Al final te conviertes en una bomba de relojería, que tarde o temprano, cuándo y dónde menos te lo esperes, vas a explotar y perder el control que tanto añoras sujetar.

 

Pero vamos a imaginar que no detienes la “activación”, que te dejas llevar.

 

Cuando llegamos a la parte más alta de la curva, es ese momento de llanto fuerte, ese que duele el pecho, que las lágrimas salen y salen sin parar, y que muchas veces, cuesta trabajo hasta respirar. Nuestros pensamientos dan vueltas, son pensamientos dolorosos, vienen con fuerza y sentimos que no podremos más.

 

Pero te tengo una buena noticia, este momento no dura más de 10min. Hay estudios que señalan que fisiológicamente nos mantenemos en esta activación de 5 a 10 min, no más.

Después poco a poco empezamos a bajar la curva. Nuestro cuerpo de manera natural va cerrando los lagrimales, el latido cardíaco se normaliza, nuestros músculos se sienten más relajados, la respiración se tranquiliza.

 

La tristeza sigue estando allí, pero no la tensión en el cuerpo. Ya no lloramos, las lágrimas simplemente ya no salen más, nos sentimos más tranquilos, tenemos más paz. De hecho, muchas personas se quedan profundamente dormidas después de un momento de llanto. Y esto se debe a que llorar nos relaja, nos quita la tensión acumulada en el cuerpo, nos quita el nudo molesto en la garganta, en otras palabras ¡Nos viene bien!

 

Nuestro cuerpo es muy sabio. Sabe perfectamente lo que hace, el problema es que nosotros no terminamos de entenderle.

Ahora bien, ya que hemos descendido en la curva de la tristeza/llanto y nuestro cuerpo ha vuelto a la normalidad, es aquí donde debemos prestar atención.

 

Es justo este momento el que marca la diferencia entre quien ha utilizado el llanto como método de relajación o quién lo utiliza como ancla sin darse cuenta. Llamemos a este momento: Momento cero.

 

Aquí es donde tienes que ser consciente de lo que tu cuerpo te va marcando, es decir, la tensión se ha ido, y es cuando tienes que levantarte y seguir. Lávate la cara y sal a dar un paseo, ponte a hacer una tarta, llama a algún amigo, lo que sea, pero sal de allí, rompe con la curva y finaliza correctamente el proceso.

 

El problema es que muchas personas se quedan allí y permiten que aparezca otro pensamiento de tristeza y activan otra vez la curva, y otra vez y otra vez. Y esto en lugar de relajar el cuerpo, lo estresa, y lo ancla en la tristeza, o como dice el cuento del maestro, te deja dentro del agua, y hace que nos ahoguemos.

 

Todas las personas tienen la capacidad de decidir qué van a hacer en el momento cero, o quedarte a seguir rumiando y dándole vueltas a la cabeza, o levantarte, y seguir. Recordando que tú siempre tienes el control, y que no podemos evitar sentirnos tristes, lo que si podemos evitar es quedarnos anclados en la tristeza.

 

Las emociones son nuestras aliadas, solamente hay que aprender y entender cuál es su verdadera finalidad.

 

Ten paciencia y escucha tu cuerpo, él nos va marcando muchas veces el ritmo.

 

Luisa Pedrero Gil

Psicooncóloga

 

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  • Lili (viernes, 28. junio 2019 21:30)

    me ha encantado, muchas gracias luisa por hacer esto mas facil

  • Maria Sanchez G. (viernes, 28. junio 2019 21:51)

    gracias, gracias, gracias!

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